Una cuartilla para coincidir




La dulce amistad de las palabras. La compartida necesidad de subrayar con música el silencio (la música de Dios). La decisión de sonreír para que no nos gane la tristeza. Los inopinados encuentros aquí y allá; tenues hilos de una amistad que se va tramando por su cuenta.

La militancia -más allá de mitos e ideologías- en el azorado batallón de los sobrevivientes del 68, que bien sabemos que nos quedamos aquí para contar y cantar esa historia de los jóvenes cuya voz fue ametrallada. La fresca intimidad con la luna, el adivinado espejo de nuestros fantasmas. El fluvial amor de las mujeres en cuya piel quisiéramos grabar el canto.

El dulce peso de la patria que amerita nuestros corazones de buen modo. Cosas tan elementales como la mirada franca, la mano que se extiende, los misteriosos dones cotidianos que van y vienen, la súbita broma, la indeclinable cortesía y el tráfico de libros. Las cosas de todos los días que se quedan en los alambiques de los sentidos y que van fabricando -pausa y causa- nuestras palabras.

Escribir poesía no porque se sepa, sino para ignorar menos; conjurar el olvido y ganarle a la muerte la partida. Juntar esta letra con la otra como jugando, como queriendo encontrarle su nuevo perfil a la belleza; como reivindicando el ocio y posponer el negocio.

En todo esto coincidimos (confluimos) Alberto Escobar y yo. Al coincidir derogamos el tú y el yo e inauguramos un nosotros que es el único pronombre a la altura de la poesía. En México, Alberto, me entregaste tu libro. Vine a Guadalajara a decirte que ya no es tuyo, ni mío: es nuestro.

Te abraza

Germán Dehesa V.

2/Octubre/95





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